Cuando los gringos nos invaden
Por: Oscar Müller C.
Cuando los tripulantes del Barco Mayflower desembarcaron en aquella tierra de Amétrica del Norte, observaron que era un buen lugar para instalarse; sus propios compatriotas les habían obligado a exiliarse, pues su religiosidad era extrema y se habían vuelto un problema para la corona inglesa, pero en aquella nueva tierra estaban seguros podrían formar una nueva sociedad, impregnada de sus valores que habían sido considerados tan extremos que identificaban como puritanos.
Consideraban que Dios les había enviado a esta nueva tierra, para cumplir con su destino que es el de poblarla con su descendencia: blanca, anglosajona y protestante. Su religión no daba mucho paso al libre albedrío, el destino estaba marcado desde siempre por la voluntad divina y este era apoderarse de ese nuevo continente llamado América.
Siglo y medio después, lucharon contra la Corona Inglesa y se separaron de esta, formando una nueva Nación, bajo un nuevo gobierno, inspirado en la Democracia Griega, así nació Estados Unidos de América, que fue creciendo gracias al trabajo de los descendientes de aquellos migrantes ingleses y también al trabajo de esclavos que sostenían, con sus llagadas espaldas, una agricultura creadora de riqueza en el sur y a obreros fabriles en el norte.
Sus deseos de expansión les llevaron a apoderarse de un gran territorio situado al oeste del Río Mississippi que había sido posesión francesa, pero aún más al oeste había otros territorios, casi sin habitantes que despertaban la ambición de la reciente nación, este territorio había sido considerado como parte de la Nueva España y en aquella época, los habitantes de México se referían a este como “Tierras Adentro”, solo había poblaciones dignas de mencionarse en lo que ahora conocemos como Tejas, Nuevo México y California.
Siguiendo el ejemplo de aquella nación y los ideales de la Revolución Francesa, los descendiente de españoles que vivían en América, se opusieron al dominio español y lograron su independencia. En el caso de México en 1821, cuando su vecino del norte casi llegaba a medio siglo de vida; pero en esta nueva Nación no existía un proyecto definido, inicio como imperio y luego buscó estructurarse como una república, copiando el sistema que había hecho poderoso a su vecino, pero las rencillas internas eran muchas y mucha la ambición de apoderarse del control de esta nueva nación, y no podía consolidarse un Estado con instituciones fuertes que le empoderarse. Entre 1821 y 1846, cerca de dos docenas de sujetos se habían sentado en la silla presidencial y las guerras intestinas entre liberales y conservadores eran continuas; un país así no podía fortalecerse y menos en su capacidad militar.
La reciente Nación Mexicana casi parecía gritarles a sus vecinos del norte “aquí estoy ven por mí”, como lo hizo no hace mucho Maduro en Venezuela. El deseo expansionista subsistía entonces y ahora, era su “Destino Manifiesto” como nación el expandirse, desde 1823 el enviado del norte Poinsett había convencido al presidente Guadalupe Victoria, de permitir que Estado Unidos enviase colonos al territorio de Tejas, para que este fuese poblado y estos fueron llegando en un constante goteo y cuando se sintieron con suficiente fuerza, decidieron, 11 años después, separarse de México y formar la República de Texas, que en 1845 se anexionó al territorio de la nación norteamericana.
Los ingredientes estaban en la olla, un vecino al norte con un ejército fuerte, bien preparado y apoyado con las últimas tecnologías armamentistas y el vecino al sur, envuelto en sempiternas rencillas, con instituciones débiles, con fuerzas armadas que peleaban en uno u otro bando según tocara y con armas anticuadas y en muchas ocasiones deterioradas.
Solo había que prender el fogón y la chispa para esto surgió en un ataque que las tropas mexicanas hicieron sobre milicias texanas que habían superado los discutidos límites del territorio en disputa.
El presidente James Polk obtuvo la concesión del Congreso e inició la invasión al vecino en 1846. Para 1847 las tropas estadounidenses habían entrado a la ciudad de México, iniciando las pláticas para lograr la paz, que concluyeron con el tratado que históricamente hemos conocido como “Guadalupe Hidalgo”, en este se fijaron los límites entre ambas naciones como ahora lo conocemos, salvo por una posterior escisión territorial de un territorio comprendido entre los actuales Estados de Sonora y Chihuahua en México y Nuevo México y Arizona en Estados Unidos, en virtud de una venta que se hizo en 1853 Antonio López de Santa Ana en el conocido Tratado de la Mesilla.
José Ramon Cossio fue ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y es una persona con credenciales sobradas, por lo que su opinión, para mi, merece atención y hoy, en la mañana, mencionó algo que me llevó a la reflexión: refiriéndose a Andrés M. López Obrador, lo calificó como una persona que presume saber de historia pero que es lo que en el medio intelectual es conocido como fechista, es decir que conoce fechas, hechos y personajes, pero que no sabe leer el acontecer pasado para poder deducir lo presente y que la división que este señor y sus seguidores han causado en el país, así como el debilitamiento de las estructuras institucionales y la evidente colusión entre la clase política en el poder y los grupos criminales, son los ingredientes en la olla. Un presidente de Estados Unidos ambicioso y de fuerte raigambre republicana seguidora de la idea del Destino Manifiesto, es la leña en el fogón.
Solo falta la chispa que prenda el fogón y la pregunta es ¿Será la extradición solicitada e ignorada de Rocha Moya y secuaces esa chispa?
México está a un tris de verse envuelto en un conflicto que los mexicanos no deseamos, porque un grupo en el poder busca proteger a quienes han sido señalados, en multitud de ocasiones, como criminales.